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Nocturno entre los trigales

En la noche arranca la ola mi pulso silente
Ababoles adormecen el alma enamorada
Como esa tormenta tus brazos y tus dedos abrigan mi cuerpo
La noche está hecha para navegar entre sueños
En la noche te encuentro
Sobre la hierba y bajo la sábana de las estrellas, allí mi alma te espera

Saber:
que te tengo cerca,
que no te toco,
que no me tocas,
que no te huelo,
que no me hueles,
que estás allí con tu aliento,
que no cruzamos el tabique,
que te siento con un sentido no reconocido,
que te sé con la mente que no tiene neuronas,
que te espero,
que no vendrás nunca,
que me muero si me empecino en tus besos,
que no vivo aunque ría y cuente historias,
que no vienes y eso, eso me puede.

Hay puertas.
Siempre están allí, cerradas.
Son prisiones del alma.

Hay ventanas.
Abiertas o cerradas están para que te evadas.

Hay un cielo abierto, siempre abierto para que tu alma encuentre alas.

Aquella tarde se prometía gris. Arrastró su bolso hasta aquella silla de mimbre, de una terraza, que permitía ver a quienes pasaban, sin llamar demasiado su atención.
Dado que era su rincón, nadie le había tomado la delantera.
El camarero, solícito, se acercó, sabiendo de antemano qué era lo que iba a tomar, pero formuló con parsimonia su pregunta, como si de un ritual milenario se tratara.
Volvió con ese café con leche, bien calentito, y olvidó, adrede, la sacarina que ella le reclamaría mirándole. Esa mirada era la que cada día esperaba. Sobre sus gafas enfocaba hacía él unos ojos oscuros de un color impreciso.
Se mantenía impertérrito, disimulando la turbación que le producía en todo momento.
Hubiera deseado dejar a un lado la bandeja abollada, de metal, y sentarse cogiéndola de las manos, derramando todas aquellas frases acalladas a lo largo de aquellos meses.
Miró el reloj del interior y pensó que eran las cuatro de la tarde. Siempre a la misma hora. Era una mujer de costumbres. Sola. Nunca acompañada, nunca una llamada, nunca…
Cuando ella marchara recorrería sus pasos hasta que se la tragara la escalera del metro que se encontraba a cuatro pasos de ese rincón, en el que él pasaba largas horas ante no miradas y exigencias inhumanas.
Solamente ella correspondía con esa mirada. Dulce para su alma.
Marga, al introducirse en la cueva oscura que le aproximaba a los andenes de luz blanquecina, recordaría cada gesto contendido.
-Un día de estos le miro de frente y le hablo- pensaba para sus adentros.
Volvería a casa con ese mariposeo en el alma.
Aunque el cielo estaba encapotado y seguramente caerían algunas gotas cuando intentara terminar su camino de regreso a sus cuatro paredes, ese encuentro hacía que los colores retornaran.

 

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