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Los deseos quiebran el aire.
Las palabras no sirven a nadie.
Las miradas son de alguien.
Las rodillas en el suelo rompen y parten.
Flaqueza de los que ya nada valen.
Roces furtivos al tiento de esa tarde.
Registros en la memoria distorsionada.
Reglas rotas para sacarnos las ganas.
Impresionan la retina del alma.
Volutas se elevan y toman rumbo.
Corriente de agua te arrastra.
Buscas encontrarte en los brazos del no amante.
A él reclamas lo que en nada te regala.
Por él crees que te vinieron las ansias.
Equivocaste el intento y persistes en él.
No hubo momento, y a su pesar insistes.
Crees que intentarlo lo posibilitará.
Aunque así lo quisieras, no habrá tal.
Se fracturó antes de empezar.
Rostros que ríen un encuentro posible.
Su soledad se enreda en miradas falsas.
Quejas te embargan, de arrancarlas te dan ganas.
Recorres un camino empedrado y empañado.
Debieras tomar el mando, aún hay tiempo.
No dejes en otras manos lo que de la tuya está.
Remando harás bogar tu barca, hasta adentrarte en el mar.
No temas las algas que vienen en tu busca, ellas te acunarán.
Las olas acompasaran tu paso.
Suave paño te cubrirá.
Del más allá no volverás.
Aquí nadie lo esperará.

Abrió los ojos sin apenas darse cuenta. La luz se había colado por las ranuras de la persiana no bajada del todo. A su alrededor todo en blanco. En las paredes ningún cuadro. Hacía tiempo que no colocaba sus carteles, de aquellas películas que quería recordar. Los tenía enrollados en uno de los muchos rincones articulados.
Pensó en lo dulce del despertar natural, cuando nada te apremia y el cuerpo se abre paso a la actividad.
Los ruidos de la calle empezaron a serle audibles. Recordó lo mucho que le había costado adaptarse a ellos. No podía soportarlos. La ponían de los nervios.
Reconoce que se crispa con ruidos insistentes.
Los de la calle lo son, pero uno acaba formando parte de su propio paisaje.
Años atrás, sacaba el despertador del dormitorio para poder dormir. El ruido de la aguja se convertía en martirio a altas horas de la noche, cuando al insomnio le daba por tomar su voluntad.
Empezó a aceptarlo y a vivir con él. Cada noche, al caer la tarde, se retiraba a sus aposentos. Le hizo gracia cuando ella le dijo aquello. Esa expresión prevalece en su recuerdo, cargada de muchos elementos, aquellos que en su momento fueron un infierno y ahora recuerda que fueron.
Tumbarse y dejar que la mente volara. Es posible que eso sea el motivo de su verso libre. Ahora se levanta y enciende el ordenador, tomando el teclado por banda.
Ese poema que evoca nunca fue de su copla.
Había pasado el tiempo, su cuerpo no daba opciones. Se acabo el movimiento. ¿Sería ese el momento? Posiblemente lo fuera.
Se percata de que no es esa su cama, ni sus paredes, ni su casa.
Un gemido.
Un lamento.
Alguien sostiene su mano, se rompe y llora.

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