Este verano encontré la cámara que me acompaña. Ligera y capaz.
Esta imagen la tomé en la Sagrada Familia de BARCELONA. Próxima a mi casa.
Regresaba de una última revisión médica. La euforia hizo de ese retorno un paseo agradable.
Desde la otra punta de la ciudad, caminamos y me recreé con la vida que me rodeaba.
Era el día 3 de este mes, septiembre. Desde marzo sufrí el dolor y limitación de mi hombro izquierdo. Una capsulitis adhesiva debida al tirón que me había dado tiempo atrás, cuando queriendo evitar la caída me agarré a un árbol.
Para mi sorpresa, el traumatólogo dijo que hubiera operado mi hombro.
No sabía a lo que me estaba enfrentando, pero luché por recuperarlo.
Ésta la desveló el flash.
Ya había oscurecido y yo seguía encantada disparando a diestro y siniestro.
Estos dos amigos se paseaban por los interiores de las obras de la Sagrada Familia.
En la espera, tuve el punto de hacer un retrato al cuadro que en cada una de las citas con el médico había ocupado mi atención.






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